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XXXIII
Ellos emboscan mi exilio en cada lamento
en cada estornudo.
Ellos
-los de siempre
los de nunca-
agujerean espacios donde no estoy
por falta de municiones y de alquimia
pero no pueden tocar los manantiales
ni esos gorriones que se amotinan
en el
desencanto.
XXXIV
Se han cumplido todas las horas
y yo salgo a mi rostro para no recordar
que esta rueca se ha detenido.
Salgo para no olvidarme
de mi condición mediocre
que explotará en cualquier esquina
mientras bostezo.
XXXV
Cuando Virgilio Perera saltó por el balcón
de la Unión Árabe de mi país
su cabeza perdió todas las rosas.
Dijeron que estaba ebrio y deprimido
que era un saco de huesos y nicotina.
Pero yo en la retina guardé su cráneo
y constato que estaba lleno de abriles
y de frondas que ninguno quiso ver.
XXXVI
Sola me dejó la aurora
sin el trinar de las aves.
Velas izaron las naves
sobre el mar que también llora.
Ya ni el cielo me enamora
ni el cantar de una sonrisa.
Desde el rostro de la brisa
que se incrusta en los espejos
solo saltan los conejos
que se van a toda prisa.



