lunes, 9 de febrero de 2026

REFLEXIÓN



 

UNAS RISAS...

https://x.com/Capitana_espana/status/2020484937262968861?s=20 



EL PAÍS: Resultados de las elecciones autonómicas en Aragón del 8 de febrero de 2026

https://elpais.com/espana/elecciones-aragon/2026-02-08/directo-jornada-electoral-8f-votaciones-participacion-sondeos-recuento-y-resultados.html 

GANA EL PP, SE DESPLOMA PSOE Y PODEMOS QUEDA FUERA



Tomado de Letras Mundial: GEORGE ORWEL

 


Era 1948. En una cabaña helada de la isla escocesa de Jura, un hombre moribundo tecleaba su última profecía. George Orwell sabía que la tuberculosis lo estaba matando, pero también sabía algo peor: que el futuro sería exactamente como lo estaba escribiendo. No era ficción. Era una advertencia.

Cuando 1984 se publicó en junio de 1949, los críticos lo llamaron "distopía exagerada". Orwell murió siete meses después, a los 46 años, sin ver cómo sus palabras se convertirían en el manual de instrucciones del siglo XXI.
Hoy, 75 años después de su muerte, vivimos en el mundo que él describió: cámaras en cada esquina, algoritmos que predicen nuestros pensamientos, gobiernos que reescriben la historia en tiempo real, y un lenguaje público tan manipulado que la verdad se ha vuelto negociable.
Pero Orwell no era un vidente. Era un testigo.
Su verdadero nombre era Eric Arthur Blair, hijo del Imperio Británico, educado en Eton entre la élite que gobernaría el mundo. Pero a los 19 años, algo se rompió en él.
Se alistó como policía imperial en Birmania y vio el rostro real del poder: la bota sobre el cuello, la mentira institucional, la violencia disfrazada de civilización. Renunció. Regresó a Europa. Y decidió vivir entre los desposeídos.
Se hizo vagabundo en París y Londres. Lavó platos en restaurantes inmundos. Durmió en asilos para indigentes.
Escribió Sin blanca en París y Londres (1933), no como turismo de la pobreza, sino como un acto de traición de clase: "Quería saber cómo se vive cuando no tienes nada, cuando el sistema te ha escupido".
Luego vino España. Y todo cambió.
En 1936, mientras Europa miraba hacia otro lado, Orwell cruzó los Pirineos para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil española.
Se unió a las milicias del POUM, un grupo marxista anti-estalinista. Recibió un balazo en el cuello que casi lo mata. Pero la herida física no fue lo peor.
En Barcelona, presenció algo que lo perseguiría hasta su muerte: cómo los comunistas estalinistas, supuestos aliados, traicionaron y asesinaron a sus propios camaradas. Cómo los periódicos mintieron sobre lo que había pasado. Cómo la historia se reescribió en 24 horas.
Orwell escribió Homenaje a Cataluña (1938) como un grito de rabia: "Vi cómo se fabrican las mentiras políticas. Vi cómo un hombre puede ser héroe un día y traidor al siguiente, sin haber cambiado nada excepto la línea del partido".
Ahí nació el Gran Hermano.
Rebelión en la granja (1945) fue su primer golpe: una fábula brutal sobre cómo las revoluciones devoran a sus hijos. Los cerdos que toman el poder se vuelven indistinguibles de los humanos que derrocaron.
"Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros". La frase se volvió un meme antes de que existieran los memes.
Pero 1984 fue su obra maestra terminal. La escribió sabiendo que moriría. La novela es una autopsia del totalitarismo: el Ministerio de la Verdad que falsifica el pasado, la neolengua que reduce el pensamiento, las Dos Minutos de Odio que canalizan la rabia popular, el Gran Hermano que todo lo ve. Winston Smith, el protagonista, trabaja reescribiendo periódicos viejos para que coincidan con la versión oficial del presente. Su crimen no es actuar contra el régimen. Es pensar contra él.
Orwell no inventó nada. Solo conectó los puntos.
Tomó la propaganda nazi, la purga estalinista, la vigilancia británica en tiempos de guerra, y los proyectó 35 años al futuro. El resultado fue tan preciso que hoy usamos su vocabulario: "orwelliano", "policía del pensamiento", "doblepensar", "memoria del agujero".
Cada vez que un gobierno miente descaradamente, cada vez que una corporación nos espía "por nuestro bien", cada vez que el lenguaje se tuerce para ocultar la realidad, estamos viviendo en 1984.
¿Por qué Orwell sigue siendo urgente?
Porque entendió algo que sus contemporáneos no vieron: que el verdadero poder no se ejerce con tanques, sino con palabras. Que el control total no requiere cadenas, sino la manipulación de lo que consideramos verdadero. Que la peor tiranía no es la que te prohíbe hablar, sino la que te hace querer decir lo que el poder necesita que digas.
En su ensayo La política y el idioma inglés (1946), Orwell escribió: "El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato respetable".
Hoy, cuando los algoritmos nos muestran solo lo que confirma nuestras creencias, cuando los hechos tienen "versiones alternativas", cuando la posverdad es la nueva verdad, Orwell no es una reliquia del pasado. Es un manual de supervivencia.
Murió pobre, enfermo y solo. Su última esposa, Sonia, apenas lo conoció. Sus amigos lo recuerdan como un hombre austero, obsesivo, incapaz de disfrutar la vida que tanto defendió.
Pero dejó algo más valioso que la felicidad personal: nos enseñó a desconfiar del poder, a cuestionar el lenguaje, a defender la verdad incluso cuando nadie más la recuerde.
George Orwell vio demasiado. Y tuvo el coraje de contarlo.
Hoy, cada vez que enciendes tu teléfono, cada vez que aceptas términos y condiciones sin leerlos, cada vez que una noticia te hace dudar de lo que creías saber, recuerda: Orwell te advirtió. La pregunta es si estás dispuesto a escuchar.
TEXTO ORIGINAL LETRAS MUNDIAL

CONVOCATORIA - POESÍA

https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/41205-tercera-edicion-del-premio-de-poesia-letraversal 



FRASE

 


domingo, 8 de febrero de 2026

Poiesis/ποίησις - 11 Poemas de Antonio Gómez

https://poetryalquimia.org/2026/01/26/11-poemas-de-antonio-gomez/ 



14 Y MEDIO - NOTICIAS DE CUBA

 

 

Boletín Semanal

6 de febrero de 2026

La falta de gasolina y la corrupción van de la mano una vez más. En La Habana, las gasolineras ya solo venden en dólares, una medida necesaria para poder pagar los pocos contratos que se logren, advierten las autoridades. Pero además, para acceder a ella no basta con tener la divisa: son habituales las colas de varias horas, con la posibilidad –muy real– de que se acabe antes de que llegue el momento, y la venta de turnos por 10 dólares. Además, en el mercado negro es casi imposible encontrarla y, si se logra, hay que pagar hasta 1.000 pesos por cada litro.

En esta situación, Miguel Díaz-Canel compareció ante la prensa este jueves en medio de una gran expectación. Muchos se preguntaban si la intervención sería para confirmar el diálogo con EE UU con el que tanto se ha especulado o si se anunciarían duras medidas que recordaran la “opción cero” del Período Especial. Ni una cosa ni la otra. El mandatario marcó posición ideológica, confirmó que hace cuatro semanas que no hay combustible y preparó a la población para los “tiempos difíciles” que vienen. 

La semana ha sido muy fría en Cuba, que alcanzó la temperatura más baja jamás registrada: 0 grados este martes en Matanzas. Aunque ese es el extremo, hubo 32 estaciones meteorológicas que detectaron menos de 10 grados, un tiempo para el que la Isla no está en absoluto preparada. Los cubanos tuvieron que echar mano de toda la ropa que encontraron en sus casas sin importar en absoluto el disparatado conjunto y se encerraron en unas viviendas que, por su falta de adaptación, tampoco son mucho mejores que quedarse a la intemperie.

La mortalidad infantil en La Habana se disparó en el último año, al pasar de 10,2 por cada 1.000 nacidos vivos en 2024 a 14 en 2025. Esta cifra es la más alta del país, que pasó de 7,1 a 9,7, y se une a la baja natalidad, ya que el año pasado cerró con 3.108 nacidos menos que su antecesor. La emigración masiva no solo completa el cuadro sino que contribuye a explicarlo, ya que los jóvenes son los que más salen del país, reduciéndose la cantidad de personas en edad de tener hijos. Eso, junto con la precaria situación del sistema sanitario, cerraron un año catastrófico en términos demográficos.

Enero fue un mal mes para las libertades en Cuba. Un total de 18 personas se unieron a la lista de presos políticos, que alcanza la cifra récord de 1.207, según el último informe de Prisoners Defenders. De ellos, 436 se encuentran gravemente enfermos y 42 sufren trastornos mentales sin recibir medicación. Uno de los casos más alarmantes fue el de Lázaro García Ríos, que cumplía 20 años de prisión por lanzar cócteles molotov al Archivo del Tribunal Popular de Centro Habana y falleció el pasado día 22 en la cárcel, tras varias denuncias a la negativa del sistema penitenciario de proporcionarle un médico.

La retirada de las fotos, el fidelismo se repliega en Cubapor Yoani Sánchez. “Son pocos los salones familiares donde queda alguna de sus fotos, los carteles de ‘Esta es tu casa Fidel’ solo se mantienen en el recuerdo de unos pocos y aquellos diplomas donde su firma se leía sobre el papel han sido guardados lejos de las miradas. Los abuelos eluden evocarlo, los emigrados juran y perjuran que nunca lo soportaron y hasta aquellos a los que bautizaron con su nombre aseguran que, en realidad, sus padres los llamaron así en homenaje a un tío que murió muy joven. Nadie quiere esa sombra barbuda proyectada sobre su vida”. 

Ayuda a potenciar nuestro trabajo
El equipo de  14ymedio está comprometido con hacer un periodismo serio que refleje la realidad de la Cuba profunda. Te invitamos a que continúes apoyándonos, pero esta vez haciéndote miembro de 14ymedio.

Del Rincón del Tíbet


 

sábado, 7 de febrero de 2026

De: PAREMIAS

https://www.facebook.com/profile.php?id=61587111687745 



LA NÁUSEA - EL JARDÍN DE LOS AUSENTES

https://lanausea.art/2026/02/06/el-jardin-de-los-ausentes/?jetpack_skip_subscription_popup 

(Descarga de la novela al final)



DIARIO DE CUBA - EL PODER QUE NIEGA LA REALIDAD

 

El poder que niega la realidad

El régimen cubano se encuentra ante una paradoja: cuanto más se niega a reconocer la dimensión de la crisis, más acelera su desgaste.

 
Propaganda política junto a una carretera en Cuba 

La Cuba de hoy muestra una contradicción cada vez más visible: mientras el país se hunde en una crisis sistémica, el discurso oficial insiste en negar la magnitud de esa crisis y la posibilidad de un colapso. El régimen se presenta como víctima de un cerco externo y, ajeno a sus propias responsabilidades, apela a la épica de la resistencia cuando lo que enfrenta es el agotamiento estructural de un modelo fracasado.

La pobreza extendida, la contracción productiva, la ruina del sistema energético, la emigración masiva, las violaciones de los derechos humanos y los presos políticos no son anomalías recientes ni consecuencias directas de la presión estadounidense actual. Son el resultado acumulado de una política y de un modelo económico centralizado, ineficiente y dogmático, sostenido durante más de medio siglo e inamovible en lo esencial.

La comparecencia pública de Miguel Díaz-Canel, el 5 de febrero, fue ilustrativa: abundaron las consignas y las apelaciones a sacrificios futuros; faltaron diagnósticos honestos y soluciones concretas. El Gobierno anunció medidas sin explicarlas y pidió confianza sin ofrecer transparencia. El mensaje fue claro: el poder no se concibe a sí mismo como parte del problema, sino como administrador forzado de calamidades provocadas por factores ajenos.

La negación sigue siendo, para el régimen, una forma de gobierno. No hay reconocimiento del agotamiento del modelo ni voluntad de corregir las causas estructurales del desastre. Pero esta actitud no es fruto de la ceguera, sino de una decisión política.

Reconocer la responsabilidad del Estado en la crisis implicaría admitir que el sistema económico impuesto durante décadas ha fracasado de manera irreversible. Y admitir ese fracaso equivaldría a poner en cuestión la legitimidad misma del poder, en un contexto marcado por la pérdida de los subsidios venezolanos, la ausencia de aliados efectivos y la inviabilidad financiera del país.

La crisis energética ha funcionado como un revelador brutal de esta lógica. Ante el colapso del suministro, el Gobierno no ofreció explicaciones claras ni un horizonte creíble de salida. Optó por minimizar la gravedad, desplazar culpas y anunciar restricciones futuras. El mensaje es siempre el mismo: el problema son las circunstancias. Pero las circunstancias ya no acompañan.

Aun así, el poder cubano actúa como si el tiempo jugara a su favor. Aferrado a la lógica de la supervivencia, prioriza la continuidad de la elite gobernante sobre cualquier mejora tangible para la población. No impulsa reformas económicas reales, no abre espacios de participación política, no libera a los presos de conciencia ni reconoce la legitimidad del disenso. La represión sigue siendo el recurso central para administrar el malestar social.

La negación alcanza su expresión más cínica cuando el régimen afirma que en Cuba no existen presos políticos. Esa afirmación no resiste el contraste con los informes de organizaciones internacionales, las denuncias de familiares y las campañas cívicas que reclaman una ley de amnistía.

Dentro del país, el discurso oficial ha perdido casi toda eficacia. El descrédito del régimen es profundo y transversal. La mayoría de los cubanos no espera soluciones desde arriba, sino que sobrevive como puede, mientras observa con escepticismo cada nueva comparecencia oficial. La emigración masiva es, quizá, el indicador más elocuente de esta ruptura: cuando un país se vacía, es porque el contrato social ha colapsado.

Fuera de Cuba, la percepción no es mejor. El régimen ya no logra presentarse con éxito como víctima inocente de un conflicto externo. La expectativa de cambio es palpable, aunque incierta, y atraviesa tanto a la diáspora como a la oposición. Nadie parece creer seriamente en una reforma voluntaria del sistema; en cambio, muchos aspiran a que el inmovilismo haya llegado a su límite.

El poder cubano se encuentra, así, ante una paradoja final: cuanto más se niega a reconocer la realidad, más acelera su desgaste. La negativa a asumir responsabilidades no preserva la estabilidad, la erosiona. La falta de cambios no congela la crisis, la profundiza. Gobernar desde la enajenación puede prolongar la supervivencia del régimen, pero lo hace a un costo cada vez más alto para el país.

La cuestión que se impone ya no es si el modelo puede sostenerse, sino qué tipo de desenlace producirá su empeño en la inmo

vilidad. Lo que sí parece claro es que la negación no es una salida. Es, en sí misma, parte del problema. Aun así, el régimen apuesta a ganar tiempo, confiando en que la sociedad resista un poco más y en que el control policial contenga el descontento. La pregunta que gravita es inevitable: ¿cuánto daño adicional puede causar el régimen antes de verse obligado a ceder?

FRASE