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LXVIII
En poesía nunca hablé de la luna llena
quizá porque Kai Mai llenó de acertijos
y de ajos la casa
con tantas lunas atiborradas
sobre la acequia del abandono.
A decir verdad
no he hablado de la luna llena ni de la vacía
que ronda mi satélite en cuarto menguante
y su dimensión atmosférica
de
endecasílabos.
Alguna vez hablé del hombre lobo
para referirme a mi padre que murió
lleno de lunas acostadas en la barra
de un bar de mala muerte en La Habana.
Hablé de sus caídas
tras hartarse de marxismo
y desamparar mi horrenda militancia.
Pero nunca he hablado de la luna
atrincherada en cualquier estrategia
de un heroico acto de amor.
A decir verdad
jamás hablo de la luna.



