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lunes, 7 de agosto de 2017

ARTÍCULO INTERESANTE DE LA GACETA

Gajes de la poesía
Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Un texto no tiene que tener texturas si no quiere.
El texto más bonito es inesperado. Tampoco tiene que buscar palabras en alguna parte sino ser sencillo o no serlo: En literatura uno nunca sabe.
Hoy en día tampoco se requiere un final inesperado, el texto lo es en sí mismo.
Tampoco se consideran las reglas gramaticales propiamente dichas si el texto los defiende a capa y espada. Un error puede llevar a una composición única, desbordando la barda, al otro lado de las cosas.
Y sin embargo, escribir es como entrenar para una carrera. Corres primero despacio, luego más rápido hasta dominar determinada resistencia. Y hay una técnica, es mejor practicarla.
Si empiezas rápido te caes, y te levantas y haces lo mismo y caes. Por ir rápido es que no aprendiste lo que se aprende cuando caminas. Y cuando caminas con esa determinación verás el futuro glorioso que te espera si insistes en esta maravillosa experiencia.
Escribir nunca es correr avorazadamente en el uso de la palabra y acelerar el paso licencioso de las élites literarias, que las hay. Escribir es entrenar siempre para una carrera que no se llevará al cabo.
Se empieza a leer. No necesariamente hay una lista mejor ni una peor. Se lee por placer. Se lee sin pensar en escribir. Ocurre siempre. De pronto aparece la magia. Y las imágenes inician su ronda, se descomponen y se escapan.
A veces las imágenes no pasan por la mente. Antes recorren el teclado hasta bordar otro ente. Un poema se dice. Y este sale del inconsciente, donde se guardan las cosas que se aman, pero también el fondo del alma, lo prohibido, lo anestesiado durante la infancia.
Se escribe como se raya un papel. Sin cortapisas. Sin tiempo y sin aire, a mansalva, demasiado. Pero siempre se lee más que se escribe. La literatura es como todos los oficios, nada más fíjate.
La literatura aborda la creatividad desde el primer temblor de los dedos en el teclado. Se escucha la palabra indicada, la elegida de un ser extraordinario. Cuando ves la primera palabra te ha de deslumbrar la emoción.
Se escribe por placer.
Es por lo mismo que se lee, que se escribe.
No se puede decir este o aquel no sirven para escribir, porque a la vuelta de año, de manera inesperada sacan un texto único. Tampoco es obligatorio haberse leído el mundo.
Tampoco hay que esforzarse cuando un texto se aprieta y sientes que debiste terminarlo antes o lo llevas forzosamente porque se perdió el interés, puedes romperlo. Puedes guardarlo para otro momento. Tampoco hay un sistema, cada quien hace lo que le resulta o lo que le da la gana.
Alguien me comentaba hace días que cada quien hace su técnica. Y tiene razón. Uno tampoco se sujeta a la cruel mordaza de las formas, ni de las tuercas con medida, ni de la informalidad ni de la formalidad.
Un texto quisiera ser como la vida que nada más te lleva como un inmenso río.
En mí sé que la literatura es poesía contenida en todos los géneros. Queda para mí que el arte es poesía. Que cualquier obra de arte es un poema por dentro, donde viven los poemas, en la magia que hay antes del pensamiento.
Dije para mí porque el arte es cósmico. Y cada quien agarra las partículas que le definen, las que están al alcance o las que arrastra.
Se escribe para uno mismo, para otra persona, para todos, para nadie, para un Dios, para la postrimería, para el desahogo, se escribe porque no se puede evitar.
Tampoco es que la literatura tenga que ser utilitaria. Pero lo es, sin querer.
La poesía es un género definitivo para la literatura. El mundo de la poesía es este mismo que ves y otro que tal vez solo puedas leer. El poeta lee los objetos. Ve a alguien más allá, o del otro lado de las personas. Pero también nos presenta la naturaleza en escena, donde adquiere vida propia.
La poesía ve la transparencia del aire por donde cabe. Donde vive y se transmite. Poesía es enlace de la naturaleza, integración definitiva al origen del hombre.
Poesía es el grueso testimonio del alma de un lugar y de un pueblo; el habla eternizada, el grito que recorre las calles pidiendo por sus hijos.
La poesía es la persona, el río que pasa por la mente, el sonido de las campanas que escuchas cuando ladran los perros, el mar de una lágrima, el pez alado, la canasta básica, la mujer amada.


Pero cuando el poema se escribe, siempre hay un yo integrador que te anexa y te hace poema. Rotulas el título y le pones como quieres. Pero el poema que eres, que se ha vuelto en sí mismo, es de todos, es de la musa que acaba de escribirte. Sólo te queda leerlo.

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