sábado, 23 de diciembre de 2017

De: AL FILO DE LA FE (final)

Ya había dicho que Al filo de la fe es un libro escrito a dos manos, con pleno uso de la intertextualidad entre la poeta argentina Verónica M. Cepeda y una servidora. He ofrecido a mis lectores la parte que a mí corresponde, y que hoy llega a su fin, con una prosa donde ambas voces se mezclan con el cierre imprescindible de una frase del poeta salvadoreño, desaparecido, Roque Dalton.
Quedo, como siempre, agradecida por la paciencia y la fidelidad que han mostrado hacia mi quehacer literario,
M.D.



(EN CONFIANZA) 

_ a veces voy en búsqueda de una sonrisa y se retuercen las bocas. A veces salgo a buscar esa porción de mí que me identifica con el resto de los mortales. Sólo a veces, tengo en mis manos el poder de arrebatarme la angustia y plasmar cada gota de sangre que no envejezca ante el abandono y los harapos del tiempo. Tú lo has dicho, Verónica: “vimos la perla” entre los vientos desesperados que se disputan el fuego, sólo que nos sobra la esperanza, sólo que… 
_ ¡Tantas veces me siento aturdida por la rabia contra mí misma! Incansablemente busco la palabra precisa que no me arrebate la ferocidad de la pasión y siempre termino desgranando un lenguaje insípido que me coloca al borde de la risa. Sé muy bien, Marlene, que compartiremos la esperanza y que serán barridos los cuarteles del desgano y el miedo. Sólo necesito que la fe no sea peregrina y que los dones recibidos no se malgasten cada madrugada cuando intento crear una capa de nácar y de mi pluma salen letras en desorden y sal... 
_ ya sé, ya sé lo que cuesta un gramo de quietud mientras las agujas del reloj corretean y nos roban las horas al margen del sueño… ¡Un paso en falso y seremos la culpa! …Es inútil la opresión de la garganta cuando se avizora el estallido de la voz en las cuatro esquinas del mundo. La protesta forma un caos íntimo en los corazones pero se vislumbra el furor del ansia… ¿Y después qué? …Los dioses de carne y hueso estamos hartos de que nos pisen la cabeza. Es hora de calzarnos y espolear, sin panfletos o palabritas rebuscadas, las encrucijadas de la vida. No puede ser eterno el crimen de someternos al silencio. 
_ ¿Y qué decir de las manos inútiles frente al atropello? ¿Del tiempo que tarda en germinar la rebeldía? Los dioses del nuevo milenio ya no tienen promesas en el bolsillo, sólo contratos de compra-venta y sucios billetes. Quedan pocos lugares en donde gritar a viva voz que la vida es algo más que la chatura del asfalto, que tenemos tiempo suficiente para coronar el misterio y que la risa será el premio de los incautos. 
_ ¡discrepo! ¡Por cada mano inútil, se alzan mil voces! Es cierto que la rebeldía, a veces, inverna. Oigo el silencio cuando llora y lanza el grito, cuando moviliza montañas, cuando toca el cielo a pesar de la jaula que oprime la esperanza… Sé que hay muchos dioses de estopa: pura pacotilla, pero escucho a Dios mientras empuja. Dice que un título no es suficiente para adquirir categoría de buenos y reprime al ministro que perfila su bigote ante la cámara. Aprieta el nudo a la corbata del banquero y funcionario: ratones estirados de pompa ilustre, comensales de nuestra carne y borrachos de sudor ajeno… Oigo a Dios entre las paredes del mundo que habito, desde la hondura del zapato que recorre las calles, desde el bolsillo y su luto, desde el poema que sangra… ja ja… ¡que no nos condenen más allá de lo que somos! ¡Damos la cara al destino y ya no duele la bofetada! 
_Es necesario creer nuevamente. Es casi obligatorio aprender, otra vez, que hay que navegar los caminos contra viento y marea, que la ruta que nos traza el destino se puede reescribir con la tinta roja que el alma destila en cada minuto. Llegará el día en el que ya no sea preciso el salmo arrojado al cielo, ni la promesa de paraísos de nylon, ni la presentación formal: “Ecce Homo”. Sólo quedarán las ruinas de nuestros pasos al filo de la fe.

                                           Barcelona-Mar del Plata, 14-III. / 7-VI.-2011

 Los elegidos de los dioses seguimos estando a la izquierda del corazón, 
debidamente condenados como herejes

Roque Dalton 


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