EL CUADRO
Al llegar a
casa, noté la ausencia de mi cuadro favorito. Su pintora, a las puertas de la catedral, entre óleos y
pinceles, sobrevive vendiendo talento a los turistas. La
conocí cuando trataba de escamotear su obra para que la policía no se la
decomisara porque dicho arte representa cierto “diversionismo ideológico”. El caso es que sin darme cuenta, me
encontré pedaleando las calles de la capital con sus pinturas y trípodes a
cuestas. Después de tanta angustia, la
recompensa fue “El Caballo de Fuego” y por eso, quizás, siento tanto apego
hacia él.
Por mucho que
indagué, nadie pudo informarme sobre su destino. El mal humor acrecentado
desbordó mi psiquis sobre un papel letal que fue a parar al cesto de la
basura. Luego decidí buscar en la biblioteca, debajo de la cama, inclusive, en
cada poro de mi piel… Todo se mantenía intacto. ¡Todo! Corrí durante meses, que
después se transformaron en años, mientras me abría paso entre los barrotes de
la prohibición y el castigo. Sólo me detuve ante la tribuna principal de La Plaza para interrumpir el
discurso más antiguo de los dioses, y allí pedí razón sobre el paradero de mi
cuadro. El dócil rebaño se convirtió en manada de hienas que me ordenaba callar
mientras gritaba y maldecía. Pero nadie dio fe sobre “El Caballo de Fuego”.
Entre la confusión, alguien disparó a mi cabeza.
Observé la
magnitud de la tragedia y, sin replicar, nuevamente eché a correr rumbo a mi
casa. Quería contemplar el espacio donde había pastado, durante tanto tiempo,
la indómita bestia. En su lugar hallé un espejo. El espejo refleja mi imagen
como multitud enardecida, el regreso a la prehistoria y mi cabeza, como una gigantesca
pira, que veinte años después, devoró la casa.
MDenis©cubaneos1990
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