viernes, 26 de enero de 2018

REFUGIO (Cuento de: MI BELLA ISLA)

(Tras superar el casting literario de: 
onlinestudioproductions.com, e-book publicado en Panamá en marzo de 2011)

REFUGIO

          He caído de la cama como bebé asustado en medio de la oscuridad. Lo raro es que Anna no me trajo café. ¿Y dónde está la cama? Tampoco hay señales de mi amiga. Tras alquilar el coche llegamos a este bendito pueblo llamado Cojímar, al este de La Habana. Pensábamos que, al instalarnos en el edén que Ernest Hemingway eligió para escribir su novela El viejo y el mar, conseguiríamos romper el silencio de la musa.
          Apenas entrar en las fauces de nuestro destino, comenzamos a discutir por alguna bobería. Creo que no hallábamos el interruptor de la luz o, simplemente, estábamos en medio de un siniestro apagón. Ya casi no recordaba aquellos años con lamparitas de keroseno. Anoche el único brillo lo proporcionaba la luna llena de agosto. Después de muchas horas de viaje y de tantas palabras sin sentido, nos dimos tregua para desearnos dulces sueños, aunque fuesen calurosos. 
          Tengo resaca. Parece que he dormido casi un siglo. Con dificultad me levanto del suelo y doy varios trompicones en búsqueda de ventilación. Abro la desvencijada ventana. Las escasas luces advierten que el día comienza sin perspectivas.
          Pero ¿dónde se habrá metido Anna? Prometió que en este lugar disfrutaría de tranquilidad e inspiración para romper el bloqueo que me impide escribir desde hace algo más de cinco años, cuando sufrí una dolencia en la cabeza que me arrojó al regazo de una fría mesa de quirófano. Tal parece que el protagonista de mi última novela, un parapléjico que luchaba por recuperar su dignidad y exigía el método de la eutanasia, se apoderó de mis neuronas. Me obsesioné tanto con aquel personaje...
          Pienso que mi amiga salió a explorar los alrededores o, a lo mejor, fue a darse un chapuzón. De cualquier modo, debo esperarla. Nada malo le pasará, siempre y cuando no se extravíe.
         Trato de acordarme dónde colocamos el equipaje y decido ir al coche para repetir cada movimiento de la noche anterior; sin embargo, tampoco está en el sitio donde creí aparcarlo. Con la adrenalina disparada, retorno a la cabaña. 
          La flamante mañana comienza a estacionarse afuera y un tímido resplandor invade la estancia. Por fin, mis ojos no encuentran barreras y descubren una habitación hosca, sin mobiliario ni apariencia de haber sido habitada.
          Sólo hay un taburete y una mesa de pino sobre la cual descansan varias hojas de papel con caligrafía torpe y ambigua, organizadas por orden numérico. Los nervios me superan y empiezo a hurgar en ellas hasta comprender que su contenido es ajeno a mí. Ni siquiera tiene algo en común con el tipo de literatura capaz de moverme hacia el entusiasmo o la admiración. No obstante, en el transcurso de la lectura, sus personajes amenizan la trama, cuyo eje central es un ser amorfo sin extremidades ni ojos, sin orificios nasales ni pelo, que rueda de un lado para otro. Habla una lengua enigmática con seres minúsculos y sorprendentes parecidos a hormigas. Su morada es el interior de una roca donde prevalece cierto olor a azufre. Las paredes secretan sangre y las criaturas, sin el menor esfuerzo, la trasvasan a una enorme vasija que trasladan hacia el sediento engendro. Ellas, también, beben el vino de la discordia y comienzan a transformarse en arañas, serpientes y murciélagos hasta adoptar formas humanas que actúan como autómatas. No soporto el escenario y, ni por casualidad, mi compañera aparece. Deberíamos comentar el manuscrito.
          Repaso de nuevo los garabatos. Al pie de la página parpadea indeciso y arruinado el heterónimo: “Denís de María”. Sin dudas, es mi identidad.

          Presa del pánico, huyo sin mirar atrás. Una idea prevalece: llegar al río y encontrar a Anna... ¿Cómo y cuándo escribí eso? No he podido ser yo. ¡Caramba, recuerdo sus alimañas, pero no sus pasajes! Mi fantasía no puede ser tan macabra.  
          Deambulo por la rivera sin darme cuenta de lo mucho que he andado. Al llegar a la desembocadura tropiezo con un inmenso mar ausente de vida. A pocos metros se alzan varias casuchas rodeadas de uvas caletas, pinares y unas pocas embarcaciones que desvelan un pueblito de humildes pescadores. Tal vez, esa buena gente se prepare para el desayuno y quizás, también, Anna esté sentada a la mesa de alguien mientras disfruta de un sabroso café caribeño. Supongo que haya demostrado su solidaridad con la entrega de algunos enseres y medicamentos. ¡No habrá llegado con las manos vacías!  ¡No, no, ella no lo haría!
          Avanzo hasta el poblado. Las puertas de cada hogar están de par en par. En su interior se respira humedad, salitre y vacío. ¡Dios! ¿Dónde se metió Anna?
          Vuelvo sobre mis pasos y reconozco que el sendero no es el mismo, que no hay playa ni río, ni siquiera quedan mis impertinentes huellas en la arena. De pronto, se levanta una niebla triste y profunda que no me permite ver más allá de mi nariz.
          Conocía que el Premio Nóbel quedó prendado de las anécdotas sobre tornados, tiburones y tesoros, incluso, de apariciones de la virgen, pero de ahí a encontrarme con tantas imágenes inverosímiles hay un buen tramo. Achaco todo a mi desorden mental.
          Ante la derrota me dejo caer sobre lo que creí fuera arena, ahora convertida en un insolente pedregal. Necesito organizar las ideas, orientarme… Hace tiempo dejé de fumar, aunque conservo el mechero y la petaca con cigarrillos para solventar cualquier emergencia. Y esta es una, ¿no? Al manipular el mechero, en el lugar de la llama crecen raíces que se reproducen mientras abarcan y oprimen mi cuerpo. Me falta el aire. Intento urdir mil escaramuzas y me viene a la mente una canción que escuché en el aeropuerto: “la mato y aparece una mayor…” El trovador se refería a las serpientes pero, en mi caso, son garras gestadas en la tierra.
          En medio de la angustia producida por mi toma de conciencia, no sé cómo ha llegado Jackov: un mastín que fue mis ojos durante estos años y un día marchó de mi vida sin más. O yo me fui de la suya…
 
          Creo que he perdido el conocimiento. Posiblemente me dormí y la hélice del sueño me hizo víctima de una pesadilla. Ya no hay raíces y el mechero, sonriente, me observa desde la palma de mi mano. Siento el jadeo del perro, pero él no está. Nunca estuvo.
          Me incorporo y lleno los pulmones de la fragancia marina que la naturaleza regala. La niebla se ha desvanecido y mis ojos abarcan la magnificencia del litoral. ¡Tengo que encontrar a Anna!
          De repente, la arena comienza a temblar mientras la voz de mi amiga es una carcajada que pronuncia mi nombre. No cabe dudas: empiezo a hundirme. Desde las entrañas de la tierra, demoledores tentáculos me azotan. He caído en la trampa, aunque podré salir si los empleo como peldaños para alcanzar la superficie. Eso intento, pero un movimiento en falso me arroja por el túnel hasta detenerme en el corazón de una gruta, iluminada por el destello de la sangre que sus paredes destilan.
          Anna, frente a mí, está a punto de ser devorada por hormigas que muerden su carne como si fuera un fresco pastel de manzanas. No puedo creer lo que veo. Ella no gime. Su rostro ni siquiera muestra dolor y me escandalizo al presenciar la más sádica de las aberraciones.
          El cuerpo amorfo, como si presidiera un acto militar, se ha vestido de verde olivo para la ceremonia. La alternativa es luchar contra él y su séquito de monstruos. De lo contrario, mi amiga y yo moriremos. Con repugnancia me empeño en agarrarlo, asfixiarlo con toda la rabia contenida… Esta acción es imposible ante su complexión gelatinosa y los supuestos insectos que han comenzado a transfigurarse en grandes seres nefastos.
          El único objeto que consigo visualizar es la mesa donde, sin aliento, permanece tendida Anna. Sólo el empleo de la serenidad podrá sacarnos de aquí. Sin pérdida de tiempo, trato de hallar la fórmula adecuada cuando escucho la voz altisonante del perro que me hace mirar hacia el extremo norte de la gruta, franqueado por un haz de luz. Lo cierto es que me muestra el camino. El suelo es resbaladizo y patino pero, aún así, logro llegar hasta él cuando, de repente, se transforma en un bólido que pretendo seguir atravesando un laberinto colmado de piedras preciosas. El brillo es tan exorbitante que ciega. Por puro instinto escamoteo una de ellas y la introduzco en el bolsillo del pantalón. Quizás pueda servirme.
          De las irregulares paredes comienzan a brotar barras de metal semejantes a lanzas mientras disparan proyectiles y escupitajos. Del techo llueven larvas, al tiempo en que el volumen del bolsillo se agranda y su carga me constriñe a arrastrar la pierna. Decido llevar el brillante en las manos, el cual hago servir como escudo, y me apresuro hacia la boca de la cueva.
          En el exterior busco a Jackov y, una vez más, desapareció sin dejar rastro. Mi sofoco se mezcla con el trino de las aves cuando el cielo, más cercano, muestra la perfecta geometría de las nubes. En la maleza busco atajos y confío en mi buen sentido de  orientación. Observo cada arbusto y cómo de sus ramas nacen urgentes e interminables espinas. A pesar de que la piedra me sirve como parapeto, son inevitables las laceraciones y mi desespero. Entre la asesina maraña que me reta, el avance es mucho más lento.
          También he vencido esta prueba y me encuentro en la playa. Debo sacar las espinas que se han incrustado en mi carne y, para ello, busco cobijo debajo de un palmar. De la cabeza a los pies me siento como un gigantesco erizo. Podría, ahora mismo, convertirme en arma letal, en cambio, de igual manera que se clavaron, un ente invisible las echa por tierra. La verdad es que lo agradezco. 
          Después de agudizar el oído me dirijo al cauce del río y descubro al mismísimo Dios reflejado en sus aguas que, por desgracia, no son potables. Si no actúo con rapidez, la sed acabará conmigo. 
          El desconsuelo me obliga a regresar al poblado. Algún alma caritativa podría darme de beber y ayudarme a comprender qué es lo que ocurre. ¡Por fin la santa humanidad! Algunos pescadores, en plena faena, hacen señales para que me lance al mar y nade hacia ellos. Muestran las cantimploras y arrojan su contenido al inmenso océano. Sin pensarlo, intento obedecer aun sabiendo que es una broma de mal gusto.
          En la orilla se levanta una muralla que inicia su espectáculo: cabezas humanas asoman y se esfuman en las grietas. Se me ocurre pensar que pertenecen a aquellas personas que quedaron apresadas en las aguas del Estrecho… Sí, bien podrían ser los balseros que no alcanzaron las costas de la Florida… ¿Por qué me pasa esto? ¿De qué manera me he involucrado en la historia de este país? Un velero atraviesa el muro y sobre la arena navega hacia mí. ¡Ha llegado Caronte! Procura atropellarme y se vuelca en el intento, aunque sale a flote. Se inicia un forcejeo. No acepta sobornos, no habla… Está demasiado implicado en las fechorías del engendro. Sólo machaca mi orgullo mientras  golpeo su cara hasta destrozarla para mostrarme otra más horripilante. Se repite la acción durante horas, quizás días, semanas… ¡Todo es tan hermético!
           Jackov reaparece con la piedra que dejé caer cuando corría y la escupe a los pies del barquero. La siniestra figura ha mutado en gaviota en tanto, de la tapia, escapan pulpos y cangrejos ávidos de venganza. 
           Descubro que poseo un cancerbero y ya no temo. El viejo compañero arremete a mordiscos contra todo lo que pueda hacerme daño. Recojo el brillante, ahora tan pequeño como un grano de arroz, y junto al perro echo a correr. Desplomada sobre un campo de fresca hierba quedo dormida hasta que el radiante sol del mediodía me obliga a abrir los ojos. Su luz encandila.
          Jackov no está, pero me complace sentir su ladrido.
          Recuerdo a mi amiga. A esta hora debe haber sido absorbida por los zánganos del infierno en torno a su reina… Necesito volver. 

          Encuentro las mismas chozas y embarcaciones, y me aproximo buscando señales de vida humana. Habrá algunos lugareños, pues escucho comentarios sobre la mala política que tan felices los hace en su miseria... Comprendo que sufro alucinaciones. Las voces salen de las paredes de las viviendas. Aquí sólo hay botellas y cajetillas de cigarros vacías, alguna radio tan antigua como el mar, un cuaderno de bitácora y una gran estatua en medio del pueblo, cuyo rótulo dice: “¡Gracias, Comandante!” Nada más.  O sí: la vieja capilla y, a su entrada, una fuente de la cual consigo beber. Creo que he consumido toda el agua del planeta y decido emprender el regreso.
           Hubiera jurado que la cabaña se encontraba en la acera de enfrente. ¡Da igual! Lo importante es que llegué. La mayor sorpresa la recibo cuando veo su entrada bloqueada por un gigantesco amasijo de papeles. Son las páginas de mi libro: ¡aquel que nunca escribí!
          La mole se multiplica y alcanza la calle para hacerme disfrutar de una asombrosa paz interior. Apreso la pequeña piedra encantada y, al arrojarla hacia la puerta, un exquisito perfume de azahar invade el mundo.
          Anna, sentada a la mesa, lee el último capítulo de Mi refugio, y no me ve.


MDenis©mibellaisla2011



    

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