(Tras superar el casting literario de:
onlinestudioproductions.com, e-book publicado en Panamá en marzo de 2011)
REFUGIO
He caído de la cama
como bebé asustado en medio de la oscuridad. Lo raro es que Anna no me trajo
café. ¿Y dónde está la cama? Tampoco hay señales de mi amiga. Tras alquilar el
coche llegamos a este bendito pueblo llamado Cojímar, al este de La Habana. Pensábamos
que, al instalarnos en el edén que Ernest Hemingway eligió para escribir su
novela El viejo y el mar,
conseguiríamos romper el silencio de la musa.
Apenas entrar en las fauces de nuestro
destino, comenzamos a discutir por alguna bobería. Creo que no hallábamos el
interruptor de la luz o, simplemente, estábamos en medio de un siniestro apagón.
Ya casi no recordaba aquellos años con lamparitas de keroseno. Anoche el único
brillo lo proporcionaba la luna llena de agosto. Después de muchas horas de
viaje y de tantas palabras sin sentido, nos dimos tregua para desearnos dulces
sueños, aunque fuesen calurosos.
Tengo resaca. Parece que he dormido
casi un siglo. Con dificultad me levanto del suelo y doy varios trompicones en
búsqueda de ventilación. Abro la desvencijada ventana. Las escasas luces
advierten que el día comienza sin perspectivas.
Pero ¿dónde se habrá
metido Anna? Prometió que en este lugar disfrutaría de tranquilidad e
inspiración para romper el bloqueo que me impide escribir desde hace algo más
de cinco años, cuando sufrí una dolencia en la cabeza que me arrojó al regazo de
una fría mesa de quirófano. Tal parece que el protagonista de mi última novela,
un parapléjico que luchaba por recuperar su dignidad y exigía el método de la
eutanasia, se apoderó de mis neuronas. Me obsesioné tanto con aquel personaje...
Pienso que mi amiga salió a explorar
los alrededores o, a lo mejor, fue a darse un chapuzón. De cualquier modo, debo
esperarla. Nada malo le pasará, siempre y cuando no se extravíe.
Trato de acordarme dónde colocamos el
equipaje y decido ir al coche para repetir cada movimiento de la noche
anterior; sin embargo, tampoco está en el sitio donde creí aparcarlo. Con la
adrenalina disparada, retorno a la cabaña.
La flamante mañana comienza a estacionarse
afuera y un tímido resplandor invade la estancia. Por fin, mis ojos no
encuentran barreras y descubren una habitación hosca, sin mobiliario ni
apariencia de haber sido habitada.
Sólo hay un taburete y una mesa de pino
sobre la cual descansan varias hojas de papel con caligrafía torpe y ambigua,
organizadas por orden numérico. Los nervios me superan y empiezo a hurgar en
ellas hasta comprender que su contenido es ajeno a mí. Ni siquiera tiene algo
en común con el tipo de literatura capaz de moverme hacia el entusiasmo o la
admiración. No obstante, en el transcurso de la lectura, sus personajes
amenizan la trama, cuyo eje central es un ser amorfo sin extremidades ni ojos,
sin orificios nasales ni pelo, que rueda de un lado para otro. Habla una lengua
enigmática con seres minúsculos y sorprendentes parecidos a hormigas. Su morada
es el interior de una roca donde prevalece cierto olor a azufre. Las paredes
secretan sangre y las criaturas, sin el menor esfuerzo, la trasvasan a una
enorme vasija que trasladan hacia el sediento engendro. Ellas, también, beben
el vino de la discordia y comienzan a transformarse en arañas, serpientes y
murciélagos hasta adoptar formas humanas que actúan como autómatas. No soporto
el escenario y, ni por casualidad, mi compañera aparece. Deberíamos comentar el
manuscrito.
Repaso de nuevo los garabatos. Al pie de la
página parpadea indeciso y arruinado el heterónimo: “Denís de María”. Sin
dudas, es mi identidad.
Presa del pánico, huyo sin mirar atrás.
Una idea prevalece: llegar al río y encontrar a Anna... ¿Cómo y cuándo escribí
eso? No he podido ser yo. ¡Caramba, recuerdo sus alimañas, pero no sus pasajes!
Mi fantasía no puede ser tan macabra.
Deambulo por la rivera
sin darme cuenta de lo mucho que he andado. Al llegar a la desembocadura
tropiezo con un inmenso mar ausente de vida. A pocos metros se alzan varias
casuchas rodeadas de uvas caletas, pinares y unas pocas embarcaciones que
desvelan un pueblito de humildes pescadores. Tal vez, esa buena gente se
prepare para el desayuno y quizás, también, Anna esté sentada a la mesa de
alguien mientras disfruta de un sabroso café caribeño. Supongo que haya
demostrado su solidaridad con la entrega de algunos enseres y medicamentos. ¡No
habrá llegado con las manos vacías! ¡No,
no, ella no lo haría!
Avanzo hasta el poblado. Las puertas de
cada hogar están de par en par. En su interior se respira humedad, salitre y
vacío. ¡Dios! ¿Dónde se metió Anna?
Vuelvo sobre mis pasos y reconozco que
el sendero no es el mismo, que no hay playa ni río, ni siquiera quedan mis impertinentes
huellas en la arena. De pronto, se levanta una niebla triste y profunda que no
me permite ver más allá de mi nariz.
Conocía que el Premio Nóbel quedó prendado
de las anécdotas sobre tornados, tiburones y tesoros, incluso, de apariciones
de la virgen, pero de ahí a encontrarme con tantas imágenes inverosímiles hay
un buen tramo. Achaco todo a mi desorden mental.
Ante la derrota me dejo caer sobre lo
que creí fuera arena, ahora convertida en un insolente pedregal. Necesito organizar
las ideas, orientarme… Hace tiempo dejé de fumar, aunque conservo el mechero y
la petaca con cigarrillos para solventar cualquier emergencia. Y esta es una,
¿no? Al manipular el mechero, en el lugar de la llama crecen raíces que se
reproducen mientras abarcan y oprimen mi cuerpo. Me falta el aire. Intento urdir
mil escaramuzas y me viene a la mente una canción que escuché en el aeropuerto:
“la mato y aparece una mayor…” El trovador se refería a las serpientes pero, en
mi caso, son garras gestadas en la tierra.
En
medio de la angustia producida por mi toma de conciencia, no sé cómo ha llegado
Jackov: un mastín que fue mis ojos durante estos años y un día marchó de mi
vida sin más. O yo me fui de la suya…
Creo que he perdido el conocimiento. Posiblemente
me dormí y la hélice del sueño me hizo víctima de una pesadilla. Ya no hay
raíces y el mechero, sonriente, me observa desde la palma de mi mano. Siento el
jadeo del perro, pero él no está. Nunca estuvo.
Me incorporo y lleno los pulmones de la
fragancia marina que la naturaleza regala. La niebla se ha desvanecido y mis
ojos abarcan la magnificencia del litoral. ¡Tengo que encontrar a Anna!
De repente, la arena
comienza a temblar mientras la voz de mi amiga es una carcajada que pronuncia
mi nombre. No cabe dudas: empiezo a hundirme. Desde las entrañas de la tierra, demoledores
tentáculos me azotan. He caído en la trampa, aunque podré salir si los empleo como
peldaños para alcanzar la superficie. Eso intento, pero un movimiento en falso
me arroja por el túnel hasta detenerme en el corazón de una gruta, iluminada
por el destello de la sangre que sus paredes destilan.
Anna, frente a mí, está a punto de ser
devorada por hormigas que muerden su carne como si fuera un fresco pastel de
manzanas. No puedo creer lo que veo. Ella no gime. Su rostro ni siquiera
muestra dolor y me escandalizo al presenciar la más sádica de las aberraciones.
El
cuerpo amorfo, como si presidiera un acto militar, se ha vestido de verde olivo
para la ceremonia. La alternativa es luchar contra él y su séquito de monstruos.
De lo contrario, mi amiga y yo moriremos. Con repugnancia me empeño en
agarrarlo, asfixiarlo con toda la rabia contenida… Esta acción es imposible
ante su complexión gelatinosa y los supuestos insectos que han comenzado a
transfigurarse en grandes seres nefastos.
El único objeto que consigo visualizar
es la mesa donde, sin aliento, permanece tendida Anna. Sólo el empleo de la
serenidad podrá sacarnos de aquí. Sin pérdida de tiempo, trato de hallar la
fórmula adecuada cuando escucho la voz altisonante del perro que me hace mirar
hacia el extremo norte de la gruta, franqueado por un haz de luz. Lo cierto es
que me muestra el camino. El suelo es resbaladizo y patino pero, aún así, logro
llegar hasta él cuando, de repente, se transforma en un bólido que pretendo
seguir atravesando un laberinto colmado de piedras preciosas. El brillo es tan
exorbitante que ciega. Por puro instinto escamoteo una de ellas y la introduzco
en el bolsillo del pantalón. Quizás pueda servirme.
De las
irregulares paredes comienzan a brotar barras de metal semejantes a lanzas
mientras disparan proyectiles y escupitajos. Del techo llueven larvas, al
tiempo en que el volumen del bolsillo se agranda y su carga me constriñe a
arrastrar la pierna. Decido llevar el brillante en las manos, el cual hago
servir como escudo, y me apresuro hacia la boca de la cueva.
En el exterior busco a Jackov y, una
vez más, desapareció sin dejar rastro. Mi sofoco se mezcla con el trino de las
aves cuando el cielo, más cercano, muestra la perfecta geometría de las nubes. En
la maleza busco atajos y confío en mi buen sentido de orientación. Observo cada arbusto y cómo de
sus ramas nacen urgentes e interminables espinas. A pesar de que la piedra me
sirve como parapeto, son inevitables las laceraciones y mi desespero. Entre la
asesina maraña que me reta, el avance es mucho más lento.
También he vencido esta prueba y me
encuentro en la playa. Debo sacar las espinas que se han incrustado en mi carne
y, para ello, busco cobijo debajo de un palmar. De la cabeza a los pies me siento
como un gigantesco erizo. Podría, ahora mismo, convertirme en arma letal, en
cambio, de igual manera que se clavaron, un ente invisible las echa por tierra.
La verdad es que lo agradezco.
Después
de agudizar el oído me dirijo al cauce del río y descubro al mismísimo Dios
reflejado en sus aguas que, por desgracia, no son potables. Si no actúo con
rapidez, la sed acabará conmigo.
El desconsuelo me obliga a regresar al
poblado. Algún alma caritativa podría darme de beber y ayudarme a comprender
qué es lo que ocurre. ¡Por fin la santa humanidad! Algunos pescadores, en plena
faena, hacen señales para que me lance al mar y nade hacia ellos. Muestran las
cantimploras y arrojan su contenido al inmenso océano. Sin pensarlo, intento
obedecer aun sabiendo que es una broma de mal gusto.
En la orilla se levanta una muralla que
inicia su espectáculo: cabezas humanas asoman y se esfuman en las grietas. Se
me ocurre pensar que pertenecen a aquellas personas que quedaron apresadas en
las aguas del Estrecho… Sí, bien podrían ser los balseros que no alcanzaron las
costas de la Florida …
¿Por qué me pasa esto? ¿De qué manera me he involucrado en la historia de este
país? Un velero atraviesa el muro y sobre la arena navega hacia mí. ¡Ha llegado
Caronte! Procura atropellarme y se vuelca en el intento, aunque sale a flote. Se
inicia un forcejeo. No acepta sobornos, no habla… Está demasiado implicado en
las fechorías del engendro. Sólo machaca mi orgullo mientras golpeo su cara hasta destrozarla para mostrarme
otra más horripilante. Se repite la acción durante horas, quizás días, semanas…
¡Todo es tan hermético!
Jackov
reaparece con la piedra que dejé caer cuando corría y la escupe a los pies del
barquero. La siniestra figura ha mutado en gaviota en tanto, de la tapia,
escapan pulpos y cangrejos ávidos de venganza.
Descubro que poseo un cancerbero y ya
no temo. El viejo compañero arremete a mordiscos contra todo lo que pueda hacerme
daño. Recojo el brillante, ahora tan pequeño como un grano de arroz, y junto al
perro echo a correr. Desplomada sobre un campo de fresca hierba quedo dormida
hasta que el radiante sol del mediodía me obliga a abrir los ojos. Su luz
encandila.
Jackov no está, pero me complace sentir su
ladrido.
Recuerdo a mi amiga. A esta hora debe haber sido absorbida por los
zánganos del infierno en torno a su reina… Necesito volver.
Encuentro las mismas chozas y
embarcaciones, y me aproximo buscando señales de vida humana. Habrá algunos
lugareños, pues escucho comentarios sobre la mala política que tan felices los
hace en su miseria... Comprendo que sufro alucinaciones. Las voces salen de las
paredes de las viviendas. Aquí sólo hay botellas y cajetillas de cigarros
vacías, alguna radio tan antigua como el mar, un cuaderno de bitácora y una
gran estatua en medio del pueblo, cuyo rótulo dice: “¡Gracias, Comandante!”
Nada más. O sí: la vieja capilla y, a su
entrada, una fuente de la cual consigo beber. Creo que he consumido toda el
agua del planeta y decido emprender el regreso.
Hubiera jurado que la cabaña se encontraba
en la acera de enfrente. ¡Da igual! Lo importante es que llegué. La mayor
sorpresa la recibo cuando veo su entrada bloqueada por un gigantesco amasijo de
papeles. Son las páginas de mi libro: ¡aquel que nunca escribí!
La mole se multiplica y alcanza la calle para
hacerme disfrutar de una asombrosa paz interior. Apreso la pequeña piedra
encantada y, al arrojarla hacia la puerta, un exquisito perfume de azahar
invade el mundo.
Anna, sentada a la mesa, lee el último
capítulo de Mi refugio, y no me ve.

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