I Convención de
la Cubanidad, 28 de enero 2018
19/09/2017
I Convención de la
Cubanidad
Por: ICCCD
En el historicismo (la historiografía,
el positivismo, las ciencias sociales al uso) el espacio constituye
una dinámica del tiempo. Se entra en el espacio mediante la
conquista del tiempo. Pero en una versión ontológica (existencial) del “ser en
el mundo”, el tiempo regresa al espacio como una demora del
habitar en un lugar. La conquista cultural del espacio insular, archipiélago y
Caribe ha perdido, para usar una frase de E.M. Fosrter en la novela La
máquina se para, la sensación del espacio.
El espacio desde el historicismo no significa otra
cosa que la ocupación del espacio por el espacio: sea mediante la agricultura,
la industria y la ciudad con sus diferentes espacios arquitectónicos
(estructura urbana), el espacio se presenta sin límite y frontera ocupacional.
Puede expandirse y reducirse. En La conquista del espacio cubano,
cuya obra aun no consigue una atención esmerada, Juan Pérez de la Riva se
explaya en una historia de la ocupación de los diferentes espacios de la isla
por estructuras culturales a partir de un modelo socioeconómico. La plantación,
la hacienda y la pequeña propiedad coadyuvaron a
la elaboración de diferentes narrativas de acuerdo a la forma de ocupación,
según modelos culturales de la formación de la nacionalidad.
Si lo único que conocemos hoy sobre la formación de
nacionalidad y del sentido de cubanidad es producto de
la positividad del problema, que se lo debemos a la narrativa
del modelo historicista, dependiente absolutamente de las preguntas: ¿quiénes
somos y hacia dónde vamos como entidades individuales y colectivas culturales?
El factum de la entelequia discursiva, según estas preguntas
nacidas de la cosmología, teológica y metafísica, nos han obligado a tomar como
preferencia lo anecdóticos, el dato, el análisis material de los hechos y, de
lo mejor de los resultados, una teoría funcionalista de cultural donde el
espacio no puede ser ninguneado por simple referencia.
El fantasma deja de ser un espacio
para la entelequia narrativa cuando las preguntas cambian de énfasis y
dirección: ¿dónde estamos cuando vivimos en el mundo? La transculturación del
proceso cultural, la funcionalidad histórica del mismo, también tiene una
dinámica espacial por sí misma, esta vez nunca antes anunciada como lugar humano
dentro de un habitar que demora en transformarse en otra localidad, región o
comarca. Renée Clémentine ha escrito un texto, Ampliación del
archipiélago cubano por los exiliados: de Cuba a la Florida, en el cual
expone una síntesis del traspaso de la historia a nuevo espacio:
“(…) el dinamismo intrínseco y la dinámica fundacional
centrifuga del archipiélago caribeño (…) propiciaron la interconexión entre
cuba, ya de por si archipiélago, y la península de la Florida, y luego los
vínculos históricos y económicos privilegiados entre estados unidos y el
archipiélago cubano, sobre todo en la primera mitad del siglo XX y, a
continuación, el inagotable exilio de los cubanos a este espacio muy parecido
al suyo en la época revolucionaria, no contribuyeron sino a fortalecer el
proceso de ampliación del mundo cubano hasta la península de la Florida,
geográficamente cercana”.
Llama la atención la gran carga historicista de
los postulados en esta cita, donde el espacio se concibe como un receptor, si
la península de la Florida fuese el alargamiento de un guante elastizado perteneciente
a una porción histórica cubana. Las cosas se complican un poco cuando más
adelante en ese texto aparece la apropiación de la lejanía como
válvula de escape para los espacios limitados cubanos, en forma de “desasosiego
alojado en el centro vital de la cubana”. Con esto quiero apuntar la tesis de
que el espacio fuera de Cuba no se le considera como una estancia,
un lugar para la cercanía, sino como abertura criminal para
una psicología narrativa del estanciero.
Si hemos creados espacios parecidos a las atmosferas
espaciales del archipiélago es porque se trata de contenidos inmunológicos y no
psico-sociales como imperan en las narrativas exiliadas. El desosiego viene
aparejado al historicismo, a la levedad, cuando también se trata de
mirar el lado narrativo onto-espacial de las arquitecturas habitables, de ser
en el mundo. Por tanto, la cubanidadcontempla también, aparte de
una lejanía, una cercanía. Ser en la
cercanía: naturaleza de una forma de vida en espacio traducido
en inmunidad cultural, sorge. A falta de esta perspectiva
narrativa y aclaratoria, la vida en el exilio y la diáspora carece de una
teoría espacial: ¿se ha transfigurado nuestra intimidad según el espacio? ¿Qué
significa vivir en el interior de un espacio alejado de la
isla? ¿Por qué nos alejamos de la cercanía creada? El sentido común de la cubanidad,
muchas veces puesto en tela de juicio por un plebiscito narrativo, estaría
reservado también para una transculturación del espacio: Al
movernos de un lugar a otro transportamos el espacio. Cabe aquí lo que dice
Bachelard acerca de la poética del espacio, sobre la
fenomenología de lo redondo: das Dasein ist rund.
La I Convención de la Cubanidad de la
diáspora se propone intercalar, relacionar e intercambiar mediante el debate
intelectual dos formas de existir en la historia y en el espacio.
En esta primera edición, sede en Miami, el 28 de enero del 2018, los estancieros cubanos
en el exilio y la diáspora podrán debatir temas sobre hasta qué punto la cubanidad (la
calidad de ser o existir en el espacio) es permisible como historia u ontología,
como racionalidad o poética. Casi todas las
narrativas hasta ahora expresadas sobre la esencia de la cubanidad y
la cubanía guardan una estrecha relación con la producción del
saber y las nuevas tematizaciones implícitas en el historicismo. Los temas y
debates que tendrán lugar durante la I Convención de la Cubanidad les
corresponden un campamento base-problema de la literatura,
arte y pensamiento.

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