EL DISCRETO ENCANTO DE GEORGES SIMENON
RSS | Vicente
Álvarez | Sábado, 6 de octubre de 2012
El caso
Georges Simenon es digno de estudio. Le ves con sus gafas y con su inseparable
pipa y resulta imposible discernir al hombre capaz de escribir una increíble
obra literaria, de revolucionar el género negro, de demostrar al mundo que una
pantagruélica obra no es obstáculo para ser autor de culto y de masas a la vez.
André Gide le consideraba el mejor novelista en lengua francesa. En casi todo
el mundo fue venerado desde el principio. En España, donde la novela de género
siempre es vista con insultante menosprecio, se le sigue comparando con Agatha
Christie. Hay que estar ciego para no ver en Simenon un novelista de 24
quilates; alguien que, como Balzac, supo que para escribir debía estudiar la
naturaleza humana, un novelista de raza con el espíritu de Dostoievski y la
pluma afilada de Hemingway. En todas sus novelas nos enamoran la verosimilitud
de sus personajes y la atmósfera social que es capaz de recrear. Historias
pequeñas de personas corrientes que huyen, que esperan en los andenes de los
trenes, que miran el reloj, que son capaces de asesinar sin saber cómo ni por
qué, relatos de personajes que están condenados desde el primer párrafo. Durante
60 años Simenon siguió el mismo ritual para contarnos todas estas historias. Se
sentaba frente a su vieja máquina Remington, se masajeaba los dedos y
mordisqueaba su pipa, elegía varios nombres en la guía telefónica y entraba en
trance durante once días. El punto de partida era el mismo: ¿qué empuja a un
hombre normal y corriente a cometer un asesinato?
Es bien
sabido que la inmensa obra de Simenon puede dividirse fácilmente en dos grandes
bloques. Por un lado el de esas novelas psicológicas e inquietantes basadas en
intrigas situadas en pequeñas ciudades de provincia en las que viven sombríos
personajes de apariencia respetable que en un momento de debilidad se dejan
zarandear por la pasión (algo que muchas veces sólo conduce al crimen). El otro
gran bloque de novelas está formado por la serie del Comisario Maigret,
historias policíacas de pocos tiros y mucha humanidad. Maigret no hace
deducciones ni investigaciones alambicadas. Maigret es un perro de caza que
olfatea, escarba, busca, intenta comprender a los sospechosos. Maigret no cree
mucho en la justicia y piensa que no hay culpables, sólo víctimas. Es lento,
pesado, paciente. Espera el déclic, el momento en que,
empapado de un ambiente y de los personajes a los que ha estado siguiendo
durante semanas, consigue al fin pensar y sentir como ellos. Maigret
deshollina su pipa, toma un café y, mientras una señorita toca el piano,
descubre al asesino, un asesino que muchas veces es un sastre o un tendero de
vida ordenada que mata sin ruido. “Maigret y yo terminamos por parecernos un
poco: pero soy incapaz de decir si es él que se fue pareciendo a mí o yo a él”,
decía Simenon mientras nos regalaba algunos de los mejores retablos sociales de
la Francia de mitad de siglo XX. Sus novelas formaban además un auténtico mapa
(con referencias de hasta 1.800 lugares del mundo) aunque siempre, con Simenon,
nos quedará París. Pocos como él han sabido dibujar la ciudad del Sena, sus
cafés, sus calles, sus tejados. Los ejemplos son múltiples, al igual que las
obras maestras que salieron de su vieja Remington. García Márquez dijo que
“El hombre en la calle” era lo mejor que había leído en su vida. La leyó en
París en 1949, olvidó el título y se pasó media vida buscándola. Es una buena
manera de introducirse en el mundo de Simenon. Un autor para quien escribir no
era una profesión sino una vocación de infelicidad. Con él aprendimos que “la
vida de cada hombre es una novela”. También decía que no era necesario que un
novelista fuese inteligente: para él, cuanto menos inteligente, más
posibilidades se abrían para ser novelista. Es lo que más me interesa: la
historia de los escritores humildes, los que se fían de su instinto y
sólo creen en la religión de contar una historia. En eso pocos escritores hay
tan honrados como Simenon.

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