Tomado de: eldia.com.do
¿Morirá la poesía?
Por:José
Mármol
josemarmolp@gmail.com
31 enero,
2018 12:05 am
Poesía es, le dice Mallory
(Julliette Lewis) a Mickey Knox (Woody Harrelson), salir a enfrentar a los
policías en medio del motín en la cárcel, y bajo una lluvia de balas morir y
llegar a ser realmente libres.
Es la escena de la película satírica
de 1994, “Asesinos por naturaleza” (Natural Born Killers), dirigida por Oliver
Stone.
El guion es de Quentin Tarantino,
David Veloz, Richard Rutowsky y el propio Stone.
Parece contradictorio que se defina
la poesía como un episodio de incontrolable violencia en un diálogo de una
película que trata de reflejar la insania de la sociedad consumista y la
degradación y perversidad de los medios de comunicación, que se regodean en
difundir la violencia y lucrarse con sus víctimas.
La poesía, como expresión simbólica
de los sistemas de representación y de saber-poder de una época y de una
cultura, se vuelve parte del conjunto de referentes identitarios que nos son
asignados.
Para liberarla de esas amarras que
le imponen los micro y subpoderes incardinados en su tejido discursivo y su
modo de articulación con otros saberes estéticos y racionales hay que crear una
concepción nueva del poema, una nueva forma de escritura y de lectura que ponga
en entredicho, que siembre la duda sobre todo lo establecido.
De lo contrario, asistiríamos a su
entierro.
En el Manifiesto del surrealismo de
1924, André Breton sustenta que “La poesía lleva en sí la perfecta compensación
de las miserias que padecemos.
Y también puede actuar como
ordenadora, por poco que uno se preocupe, bajo los efectos de una decepción
menos íntima, de tomársela a lo trágico. ¡Se acercan los tiempos en que la
poesía decretará la muerte del dinero, y ella sola romperá el pan del cielo
para la tierra!” (Guadarrama, 1969, p.35).
Entre esa afirmación y el llamado a
que nos preocupemos solo de “practicar” la poesía, contra la deriva
materialista de la economía, sociedad y cultura de Occidente después de los
años veinte, las palabras de Breton se quedan en el ámbito de una quimera.
La poesía persiste en su
supervivencia inútil o precaria. Inútil, aunque paradójicamente necesaria,
porque ni el desarrollo económico ni los adelantos científicos y tecnológicos
ni la orgía o el tsunami del orden digital podrán despojar al espíritu y a la
cultura del hálito enternecedor o terrible de la presencia o sospecha de la
poesía.
Sin embargo, esa persistencia es
agónica. T. W. Adorno consideró un acto de barbarie que se escribiera poesía
después del horror del Holocausto y de los crematorios de Auschwitz; cuando la
poesía y el arte alimentaron a miles de sobrevivientes.
El chileno Raúl Zurita afirmó en una
entrevista que la poesía es “la primera respuesta frente a la verdad
inconcebible que es la muerte” (Perfil, 30 de abril de 2017). Por su parte, el
granadino Luis García Montero, en su poema en prosa Balada en la muerte de la
poesía (Visor, 2016), hace decir a la moderna televisión informativa: “La
poesía ha muerto, es una noticia”.
Y aunque la hora del entierro es un
interrogante sin respuesta, el velatorio de la poesía habría de ser “una
tristeza común, una incredulidad compartida”.
A esa muerte de la poesía, efecto
colateral de la globalización, y la pérdida de vínculos humanos como uno de sus
peores malestares, le sigue la desaparición de sus aedas conjurados, las
grandes voces, en el espejo del silencio.
La sensibilidad y el lenguaje sucumben
ante la supremacía del cálculo, del dato, la aceleración, el consumismo y la
caducidad. La soledad posmoderna nos ha robado la palabra. ¿Morirá la poesía,
como ha muerto la memoria? Poesía es libertad.
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