martes, 17 de abril de 2018

EPÍSTOLA FINAL DE "LA PEOR DE TODAS"

                                                                                                                           A María Luisa


   No sé si el mundo está preparado. Deberías avisar cuando la luz se acerque porque no voy a decir lo que tanto esperas… ¿Cómo reconciliar la historia o escalar el raciocinio, en ocasiones, tan perverso?          
   A veces pienso que Dios no existe, que nace y expira con nosotros… Y, en este caso, termina aquí donde palpito de angustia y yazgo ante el clímax dorado de todas las estrellas y blancos glaciares, durante el recuerdo de tu sonrisa que se pierde en un rapto de dolor.          
   He sido la ira, el rosario, la ofrenda, y hoy no puedo ser más que este fantasma… Los siglos atravesaron mi búsqueda y tus ojos. No hubo más luz que un beso roto a mitad del alba donde tu pelo fue tan fugaz como el suspiro mientras tus manos se llenaban de palacios y luceros.         
   Avísame cuando el mundo esté preparado… La mejor estocada a Venus está dándose en mi lado izquierdo, y debo callar…  ¿Quién verterá el cáliz a mi salud en horas profanas como esta en que el diablo vomita la sutileza del adiós? Mis vísceras son mortales ingredientes de ternura y, afortunadamente, voy contando las almendras de mi corazón. Puedo decir que es la savia de una rosa esa lanza que llevo clavada en el olvido como osario destinado a la demencia. ¿Y qué importa?         
   Algún cántico delimita mis pasiones… ¡Bendita sea la bruma en tus ojos dormidos! ¡Soy la deudora! Hablas de la noche interpuesta en la distancia cuando aquí es la noche también, si tengo en cuenta que el amor es la daga más cruel de la libertad… Junto a ti permaneceré por los siglos de los siglos y sin plegaria porque el infierno público está en la cavidad de mi herida. Mi malformación es congénita, producida por un beso mortal pero, a fin de cuentas, un beso.         
  Tu piel es fuego y mi pira. Nada debo apostar. No tengo de qué retractarme, salvo del milagro… Eres calendario infinito, púlpito donde caigo de rodillas y del que no aspiro a levantarme, pedestal para besar el entorno de las nuevas claridades… Tu piel es la almohada, otra quimera y magia con perfume de ángel. Es verso que desmiente mi purgar, semilla en el deseo inagotable, apocalipsis… Por eso digo que Dios termina con nosotros… ¡Perdóname! No acepto más tablas de la ley. En mi convento se flagelan primaveras y quiero decir basta… ¡Y no puedo!         
  Estoy desnudando la aurora. Llueve ahora sobre estas fracciones de arrepentimiento que son, al fin y al cabo, mi rebeldía de contrición… Se desborda el diluvio universal de mi árido vientre sin saber lo que digo mientras la aridez es tu ausencia en mi celda oscura, el cadalso… Nunca pretendí ser inocente. Tampoco culpable.         
   Sólo pido que ames mi corazón, si aún existe, con tanta arrogancia y silencio. Deja que acudan los infelices. ¡Y los infieles!
   Otro minuto de silencio y empezaré a morir… Avísame cuando todos estén preparados… Soy la ninfa cosmopolita, el juguete de inquisidores y cuerpos adorables, pero Alguien me librará de todo mal.       
  Busca un exorcista u otra galaxia para absolver mis orgasmos mientras tiemble la tierra y yo tome aspirinas. Será como decir poesía condenada a cadena perpetua o multiplicar los acontecimientos de un paso en falso para caer en tu pecho… ¿Te das cuenta?         
  Han madurado las cicatrices al igual que las orgías. “Infierno cerrado por reformas” donde estoy reparando mis excesos. 
   Soy lo más frágil de La Creación… Nunca esperes de mí lo que no he dado.  En realidad, no hay nada... Sólo mi cuerpo, la soledad, el triunfo… ¡Álzame a tus labios! Soy elíxir después del azote, sonido de dos cuerpos en la sombra sin mediar el sacramento… ¡Retrocede! Estás justo en el laurel… No quiero decir clavos ni corona de espinas… INRI fue mi clausura. O el bordado en tu pañuelo. O la sábana virgen de mi ansia… INRI o la epidemia… No es el SIDA ni la peste… Es el alma o mi país. Ya he bajado a su esqueleto: “los que entráis dejad toda esperanza.” Podría llamarme Beatriz o llevar el Nombre de la Rosa, pero si alguien entra, debe dejar afuera la gota de sangre.            
  Para llegar a ti puedo deslizarme por los canales de la luna porque al cielo le faltan tus incendios, y los puntos cardinales a mi mano… Me ha tocado llorar y no es el mar el mejor testigo. Es el silencio, la excesiva lucidez…             
 ¿Nuestro amor será vindicado algún día? ¿Quién llorará entonces o nos pondrá rosas frescas en los ojos? ¿Qué Santa Misa elevará nuestro pecado capital? ¿Nos excomulgarán para siempre? ¿Qué lengua nos recordará con cierto amor? 
  Hoy siento una especie de felicidad, ajena a la cólera de Dios. Tú, mientras, hilvanas el retiro de los astros para que no me desmientan los hombres.            
  No aceptaré protección de los arcángeles ni epitafios sublimes… Continúo amando el espejismo de ayer y muerdo la cruz. Las mariposas del tiempo liban de mi flor encarnaciones divinas, aunque sé que fuera de tus labios no habrá resurrección. Sé, también, que esta carta es tan profana como mi sentencia de muerte y sólo saldrá a la luz algunos siglos después, a la distancia de un beso…  Encuentra, si puedes, su impureza. 

mdenis©desnudodelfénix1997

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