Me considero la “disidente número 76”, de
ahí que en este breve artículo trataré de ser lo más coherente posible, al
referirme al Premio Nobel de Literatura, José Saramago y su relación con Cuba.
Según sus propias palabras, Saramago conoció
de la existencia de este país caribeño en abril de 1961, durante la invasión a
Bahía de Cochinos, por tanto, era obvio que desconociera de los más de 500
fusilamientos llevados a cabo entre los muros de la Fortaleza de La Cabaña,
durante el primer año de Revolución. Posteriormente, la Pena de Muerte se hizo
habitual sin que la prensa abordara estos hechos, por lo cual el mundo se
mantuvo en absoluta inopia con relación a ellos, exceptuando la Causa 1/89,
donde se vieron implicados cuatro miembros de la élite militar, encabezados por
el General de División Arnaldo Ochoa, por un supuesto tráfico de drogas, cuyo
largo juicio se convirtió en circo mediático para esquivar a la DEA, la cual
había puesto su ojo sobre el Gobierno, y era el momento del sacrificio para
lavar la imagen, ya deteriorada, de la Revolución. Ante el vergonzoso suceso,
Saramago, al igual que muchos intelectuales, calló, con excepción de Gabriel
García Márquez quien intercedió, infructuosamente, por su amigo Antonio de la
Guardia, uno de los implicados.
En agosto de 1999 Saramago, en charla
sostenida con los escritores argentinos Noé Jitrik y Jorge Glusberg, señaló:
“No hay dudas sobre los inconvenientes de un partido único. Yo he estado en Cuba
algunas veces. Conozco a la gente, me gusta la revolución cubana, admiro la
revolución cubana, estoy con la revolución cubana.”
En abril de 2003 comenzó la repugnante
“Primavera Negra”. Fue entonces cuando Saramago discrepó con la desmesurada
cacería de brujas emprendida. Setenta y cinco intelectuales fueron detenidos y
condenados con penas de entre 6 a 28 años de cárcel y, por si fuera poco, se
fusiló a tres jóvenes tras un juicio relámpago, sin derecho a la defensa, por
secuestrar un ferry para huir a Estados Unidos.
Ante esta oleada represiva Saramago expresó:
“¡Hasta aquí he llegado!”, argumentando que Cuba había perdido su confianza,
dañado sus esperanzas y defraudado sus ilusiones. Como cabe esperar, la prensa
oficialista condenó severamente las palabras del Nobel quien, en entrevistas
posteriores, manifestó no haber roto con Cuba, pero sí se reservaba el derecho
a decir lo que pensaba.
Dos años más tarde, en la Universidad de La
Habana, ratificó sus lazos con la isla confesando sentirse culpable de que Cuba
no lo quisiera por haber firmado la Carta Abierta contra la represión en ese
país.
José Saramago no quiso seguir el juego de
aquella burocracia que se hizo llamar Revolución. “La luz roja del semáforo”, a
veces, nos encandila, y como ya él mismo dijo: es necesaria “la responsabilidad
de tener ojos cuando otros los perdieron”.
Marlene Denis

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