Saily Gonzalez Velazquez estuvo pensando en hacer un cambio con Jonatan López Alonso y 11 personas más en Cuba.
¿Ustedes se acuerdan del Tío Scar de “El
Rey León”?
Eso fue lo que me recogió a mi ayer en
el auto blanco particular. Este también tiene los ojos azules y cara de hijo de
p….a. El Tío Scar venía acompañado de sus secuaces las leonas con caras de
guaricandillas. ¿O eran hienas? A los trintisiempre es difícil recordar bien
las películas de la infancia.
El Tío Scar chirrió goma cuando me vio
doblar la esquina de mi casa. Levantó una tremenda cantidad de polvo, porque
las calles (de los revolucionarios) de por mi casa, han perdido ya el asfalto.
En lo que el Tío Scar se bajaba se me
tiraron las tres leonas con caras de guaricandillas… para lo primero que se
tiran es para el celular. Le tienen terror a las directas. Me dio tiempo a
empezarla, pero ellas eran más (cuatro leonas contra mi para ser axacta) y
enseguida me lo quitaron, supongo que lo hayan apagado de inmediato. Nótese que
ya estos adefesios saben cómo apagar un Iphone, y ofrezcámosles un aplauso
deportivo.
Aún no sé por qué el Tío Scar me propinó
una torcedura en la mano derecha… si yo no me resistí en lo absoluto a esta
detención arbitraria. Tuve que llamarle la atención para que dejara de
excederse en el uso de la fuerza contra mi que, no sé si saben, mido 1.64cm y
peso 52kg. Por suerte me hizo caso y fuera de la mano derecha hinchada, mi mano
más querida por cierto, no tengo más daños físicos.
Creo que el Tío Scar es el nuevo agente
que “me atiende”. Fue el mismo que me interrogó el día en que me secuestraron
los cinco machangos. La verdad es que fallaron al asignarme un represor
violento. Yo con esa gente no tranzo. Lo mío es la pacificancia y a la
violencia le respondo con sarcasmo, porque la violencia tiembla ante el
sarcasmo.
En el trayecto hacia donde después supe
que era Instrucción Penal, pues a mi nadie me dijo ni su nombre, ni el por qué
me llevaban, ni para dónde (trato hacia los ciudadanos por parte de los agentes
de la policía política que no es para nada una rareza en #Cuba), tuve la oportunidad de llamarle a todos
lo que eran: esbirros, represores y feos. Una de las leonas ostentaba
notablemente este último calificativo.
Una vez en Instrucción y luego de
algunas payasadas verbales por parte de las leonas que ya se habían convertido
en hienas por la manera en la que reían, y que a mi la verdad es que me da
vergüenza ajena contarlas, fui recibida por un bulto de guarapitos de
diferentes rangos (para mi guarapito es todo lo que venga vestido de verde). Yo
no dejé de realzar su buen trabajo en este sentido con la frase, en voz alta:
“Uf, ¡qué recibimiento!”, y de inmedito me pasaron a lo que debe ser el cuarto
frío. En este caso el cuarto frío no estaba muy frío por el mal funcionamiento
en que resulta la longevidad del aparato enfriador.
Ahí me esperaba la muchacha Claudia de
uniforme verde que anotaba cosas sobre mi, cosas sencillas, nada serio: nombre,
carnet de identidad, para dónde iba cuando me “detuvieron”, dónde estudié,
dónde trabajaban mis padres, cómo me llevaba con ellos… y si estaba de acuerdo
con el proceso revolucionario. Esta pregunta era de sí o no, y como que no
podía argumentar mi respuesta tuve que responder que no sabía a qué se refería
con tal cosa como el proceso revolucionario.
Enseguida apareció la guajira Yamilé de
uniforme azul, que no sabe nada del 15N, ni de Archipiélago, ni de lo que yo
publico en redes sociales, lo de ella es imputarme delitos sin pruebas. A
Yamilé la conozco porque es la instructora a cargo de mi caso (aún abierto
según me contó) de actividad económica ilícita y receptación. Ella no es muy
coherente, empieza a hablar de una cosa y termina en otra, tampoco le gusta que
la interrumpan, aunque interrumpe a uno todo el tiempo diciendo “permiso”, por
lo que resulta muy difícil dialogar. Yamilé tampoco sabe que el artículo 54 de
la Constitución de la República me da derecho a expresarme libremente, porque
Yamilé no sabe andar en la aplicación que tiene en el teléfono con la
Constitución.
Por Yamilé finalmente me enteré del por
qué estaba ahí. Me iban a acusar de desacato por poner en mis redes “Diaz Canel
Singao”, cosa que es posible pero que no recuerdo haber hecho. En cualquier
caso no entiendo cómo poner en redes o decir “Diaz Canel Singao” es algo
diferente a expresarse libremente. Lamentablemente Cuba es un país donde
cientos de personas, en su mayoría jóvenes, están siendo ya no acusados, sino
juzgados precisamente por decirlo el 11 de julio.
Desde que llegué pregunté el motivo por
el cual me habían llevado para allá y todos me respondían que luego me
enteraría. Cuando me dijeron calculo que habrían pasado unas dos horas desde
que llegué.
Yamilé me explicó (más o menos) el
procedimiento que debería seguir yo según la nueva ley de procedimiento penal
en el caso de que yo me rehusara a declarar sin abogado, como suelo hacer. Dice
que tengo 48 horas para llevar uno y declarar con él al frente.
Llegado a este punto creo que es válido
recordar que yo anuncié por mis redes sociales minutos antes de salir, que me
dirigía a presentar el recurso del Habeas Corpus para Roxana, Jonatan, Pedro y
Yenia, desaparecidos forzosamente en la mañana mientras se dirigían hacia el
Tribunal donde se ejecutaba el juicio de su familiar Andy García Lorenzo, preso
político del 11 de julio, que nadie fue a mi casa con citación oficial alguna
para que yo me presentara en las oficinas de Instrucción Penal por haber
incurrido en un delito, y que yo fui forzosamente introducida en un auto
particular por un grupo de seis personas de civil, cuatro que fueron en el auto
conmigo y dos en una moto al lado.No entiendo entonces cómo de pronto yo estaba
en Instrucción Penal acusada de desacato. ¿Desacato a quién? Al gobierno de
Cuba que no desea que los ciudadamos ejerzamos nuestros derechos ni utilicemos
los recursos que tenemos para defendernos como ciudadanos ante la
arbitrariedad.
También llegó la doctora a tomarme la
presión y a examinarme. Yo estaba entera. Oculté la contusión en la mano
derecha porque sé por el testimonio de Leonardo Romero
del 11 de julio, que a quienes tienen moretones o contusiones los dejan
trancados hasta que se les quiten.
En eso entró la leona-hiena con cara de
guaricandilla que ostentaba notablemente el calificativo fea y me dijo que
tenía que desnudarme por motivos que no aclaró muy bien, o que yo no entendí
porque su dicción tampoco es muy buena. Yo nunca he tenido problemas con eso.
Menos aún en modelar estos huesos. Desde pequeña mi autoestima está alta en
este sentido, pues mi vecina Zuly me decía que parecía una cuquita, así que
siempre me he creído que estoy linda y rica. La leona-hiena no piensa lo mismo
y así me lo hizo saber. Tuve que responderle como iba.
Un rato después me trajeron mis cosas
para que yo las revisara delante de Claudia y Yamilé (como si no las hubiesen
revisado los otros ya). Ahí la guajira Yamilé decidió que me ocuparían el
teléfono, el disco duro donde llevaba los Habeas Corpus que me dirigía a
imprimir para Roxana, Jonatan, Pedro y Yenia, y los earpods para hacerles un
peritaje. Pues son esos los artículos que según ella yo uso para delinquir. Esa
acta de ocupación de mis artículos personales para investigarlos sí que la
firmé.
Aprovechando que tenía otra vez parte de
mis pertenencias conmigo le dije a Yamilé que quería fumar, y después de
repetírselo varias veces me sacó a un pasillo que hay detrás de la otra puerta
del cuarto frío, un pasillo vacío. Después del cigarro ella y quien estaba
dentro, que no sé quién era entonces, armaron una pantalla que nunca entendí,
Yamilé me obstruyó el paso a lo que vi, por el cartel en la puerta, que en
verdad se llamaba “sala de grabación”, me dijo que no podía entrar todavía,
apagaron la luz del pasillo en el que estábamos, y cuando regresamos ya mis
pertenencias habían vuelto a desparacer. No sé a qué estrategia responde esto,
pero a mi solo me pareció una cosa bastante ridícula. En algunas culturas esto
y el hecho de tenerme ahí cinco horas sin tomarme declaración alguna ni
interrogarme, acusándome de delitos que no he cometido (y esperen que esto
sigue ahora), obligándome a desnudarme, con la entrada y salida constante de
unas diez personas diferentes, dejándome sola en el cuarto frío o sala de
grabación por largos períodos de tiempo, se llama TORTURA.
Me dejaron sola entonces. Oportunidad
que aproveché para “decidir estar presente” (no sé si saben que yo practico
yoga y meditación desde que empezó la cuarentena en el 2020), hasta que
llegaron dos inspectores del Ministerio de Comunicaciones con otra adefesio
vestida de civil con cara de guaricandilla que tampoco se identificó, para
decirme que me iban a multar con 3,000 pesos por violación de la Ley 370. Los
inspectores se comportaron como los funcionarios que son, en contraste con la
adefesio que más bien se comportó como si aplicar la Ley 370 se tratara de un
asunto de solar.
Mientras estábamos en eso volvió la
guajira Yamilé para contarme que me iba a “ayudar” y en lugar de acusarme por
desacato me iba a acusar por desórdenes públicos en las redes sociales, cosa de
lo que también me declaro inocente y en consecuencia no firmé tal acusación. Los
que firmaron como testigos fueron la adefesio con cara de guaricandilla y uno
de los inspectores.
Yo no sé muy bien de leyes, pero esto de
estar cometiendo un delito de desórdenes públicos en las redes sociales me
parece de lo más absurdo e improcedente.
Otra vez sola. Y esta vez decidí
disfrutarlo. Conté los 120 rectángulos que conforman el cielo raso, los 12
cuadrados de tabla que conforman las paredes, los 24 cuadrados de la lámpara de
techo. Me di cuenta de que la silla de los acusados en ese cuarto estaba fijada
al piso con cemento, y noté como de pronto habían aparecido en el cuadrado de
tabla de al lado mío, rayados con algo filoso sobre la pintura carmelita
veteada que lo cubría, ocho letreros que decían “Patria y Vida”, uno que decía
“Libertad para los presos políticos” y otro de “Abajo la dictadura”. ¿Quién los
habrá dejado ahí?.
También me puse a visualizar con los
ojos cerrados la vida que tendré cuando logremos que caiga la dictadura. Hasta
besé y le llevé el café de la mañana a la cama al hombre de mi vida en nuestra
casa en Cuba Libre.
Y volvió el Tío Scar a decirme que nos
íbamos. Le pedí que por favor me tratara bien, que lo notaba alterado. Yamilé
salió corriendo de otra oficina para hacerme firmar el acta de liberación. Eran
las 6:15 pm, ya estaba todo oscuro.
Y otra vez en el auto blanco particular
con el Tío Scar y las tres leonas-hienas con caras de guaricandillas. Una de
ellas dice de pronto, mal actuando un papel que no le sienta nada: “Ay, casi se
me pasa la directa”, y se pone a ver el programa de Otaola, momento que
aproveché para comentarle lo bien que le hacía al pueblo de Cuba un programa
donde se contaban tantas verdades y se abrían tantos ojos. Dice ella que Otaola
habla mal de mi, y eso los tiene muy contentos… cuando vuelva a tener teléfono
propio voy a proponerle a Alexander Otaola
resover este asuntico.
Me dejaron justo en la esquina de mi
casa. Conmigo se bajó la leona-hiena con cara de guaricandilla que ostentaba
notablemente el calificativo fea y me propinó un empujoncito cuando le sugerí
que por favor, se lavara el pelo alguno de estos días. Mis vecinos buenos lo
vieron todo. Escucharon también las ofensas que me profirieron desde dentro del
auto blanco particular.
Cuando llegué a casa no había nadie. Mi
madre, como la Mariana que es, había salido a hacer lo que había que hacer,
orientada y acompañada por varios actores de la sociedad civil que también han
decidido plantarle cara al terror y mostrar la solidaridad que necesitamos para
que Cuba sea finalmente libre de dictadura. Llegaron al ratico y yo lloré
conmovida al verlos. También me conmovieron las llamadas telefónicas de anoche,
y los Whatsapp de esta mañana al teléfono de mi madre. Al terminarles esta
historia aún no he podido ver lo que ha estado pasando en las redes sociales,
pero intuyo que tengo mucho que agradecer.
Gracias Gracias Gracias, por mi y por
Roxana, Jonatan, Pedro y Yenia. Todos corrimos más o menos la misma “suerte”.
Voy a aprovechar la visibilidad que
seguro va a tener este post para contarles que en estos momentos cada uno de
nosotros, excepto Yenia, tenemos una multa de 3,000 pesos por violación de la famosa
Ley 370. Jonatan además tiene una multa de 500 pesos por tener un cable de
electricidad instalado en su barbería y otra de 1,000 por no querer demolerla.
Tanto a Jonatan, Roxana y a mi nos ocuparon los teléfonos y en esto momentos no
tenemos cómo comunicarnos por vías propias. Agradeceríamos cualquier ayuda que
la sociedad civil cubana (la CIA no, de la CIA no queremos nada) nos pueda
ofrecer en este sentido.
Apunte final: Ni a Roxana, ni a Jonatan
ni a mi nos devolvieron nuestros documentos de identidad.
Gracias otra vez y nos seguiremos viendo por acá.
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