II
La noche es honda y amarga como los labios que buscan el
suspiro. Alguien enjugó mis pies y alzó vuelo tras el último día de la tierra.
Sé que no soy el redentor, pero ¿qué importa esta consagración de apóstoles
vanos? Yo tengo un arco iris enterrado en el Monte Sinaí -perdón- el Turquino:
terciopelo que cubre mi vergüenza. Es
algo así como decir: nunca más volverán los heraldos, aunque quizás las
golondrinas… Sé de una música eterna donde me obliga el hambre. Alucino, pero
tengo tus ojos y mi penitencia. De carne y hueso soy. El vigía desata mi
mansedumbre con un disparo KGB para que alguien disponga su ofrenda.

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