Se sigue tensando la cuerda, pero no se rompe
La presión económica de los EEUU sobre Cuba y el deterioro estructural del sistema, profundizan un escenario de colapso prolongado y desgaste humano en la Isla.
Cuba vive otra semana de presión extrema con más sanciones y amenazas desde Washington, más empresas extranjeras abandonando la Isla, el desplome de los principales renglones económicos, trabajadores desempleados, tarjetas internacionales inutilizadas, apagones de hasta 67 horas, desabasto de agua, gas, falta de conexión telefónica e internet, protestas populares y una sensación de agotamiento severo que se extiende por todo el país.
La crisis cubana se redefine continuamente entre el colapso estructural interno y la presión económica ejercida por los EEUU. El resultado más sensible es una sociedad atrapada entre un Estado corrupto, al que no interesa sostener las condiciones mínimas de vida, y una estrategia externa que busca acelerar el deterioro del régimen hasta forzar un desenlace político. El drama es que, en medio de esa confrontación que se alarga más de lo deseado, quien soporta el peso es la población.
Durante los últimos días se han acumulado señales de un endurecimiento sin precedentes para asfixiar las principales fuentes de ingresos del aparato estatal cubano. En los últimos días, Washington ha sancionado a CUPET, la empresa petrolera estatal, ha presionado a múltiples compañías para que rompan negocios con GAESA, ha provocado la retirada de hoteleras internacionales, ha afectado operaciones financieras clave, y ha lanzado mensajes de abierta intimidación política y militar hacia La Habana.
Se sigue tensando la cuerda, pero no se rompe. Sin embargo, la sociedad se quiebra y se agudiza su fragilidad, pobreza y cansancio. Cada fractura repercute en lo cotidiano. Los apagones son el eje del sufrimiento diario. Barrios enteros pasan más de 30 y 40 horas consecutivas sin electricidad. En algunos lugares se ha registrado hasta 67 horas sin servicio, luego de lo cual sus habitantes apenas reciben un par de horas de electricidad. Esto implica una perpetua incomodidad y frustración por el calor, la ausencia de agua, la imposibilidad de cocinar y preservar alimentos, por los negocios y servicios paralizados, las conexiones inhabilitadas, y la falta de descanso.
Esto ha impulsado continuas protestas populares en varias provincias del país. Los gritos de “¡Queremos corriente!” o “¡Abajo la dictadura!”, expresan la acumulación de años de decepción y una sensación cada vez más extendida de abandono absoluto. La población lleva demasiado tiempo instalada en una lógica de resistencia extrema.
La dimensión psicológica de esta crisis es quizás la menos visible, pero resulta la más devastadora. Cuba vive bajo una tensión constante. La incertidumbre se ha convertido en norma. No saber cuándo llegará la electricidad, si aparecerán medicamentos, si se podrá cocinar, si habrá transporte y cuánto deberá pagarse por todo eso, produce un desgaste emocional profundo. Hay varias generaciones creciendo en un ambiente de precariedad permanente, ansiedad colectiva y agotamiento mental.
Por su parte, el régimen está enquistado en su posición, de espaldas a las necesidades y reclamos del pueblo, e insistiendo en transmitir una imagen de control mientras la vida se desmorona. Continúa responsabilizando a los EEUU de los problemas internos, sin reconocer las decisiones propias que han conducido al país a este punto.
Desde mayo, Washington ha decidido aumentar el costo político y financiero para quienes mantienen negocios con el Estado cubano. Las restricciones sobre GAESA han generado un efecto de miedo corporativo. Navieras, bancos, operadores turísticos y empresas de materias primas comienzan a retirarse por temor a sanciones, pero también porque el mercado cubano ha dejado de ser rentable y previsible.
Sin embargo, las sanciones aceleran un proceso de deterioro que ya venía produciéndose por la mala planificación interna. La economía cubana arrastra problemas estructurales acumulados durante décadas: improductividad, centralización extrema, corrupción, ausencia de reformas profundas, destrucción del aparato agrícola e industrial, dependencia de subsidios externos y un sistema político incapaz de generar confianza. De ahí que las sanciones intensifiquen la presión sobre un sistema resquebrajado y deficiente.
La crisis energética multiplica además el efecto destructivo sobre el pequeño sector privado. Cafeterías, talleres, peluquerías, restaurantes y transportistas funcionan a medias o han dejado de operar completamente. Cada apagón significa pérdida de mercancía, interrupción del trabajo y más inflación. Incluso espacios vinculados a sectores privilegiados han reconocido públicamente el impacto.
La sensación actual en Cuba es la de un país suspendido en un punto límite permanente, siempre al borde del colapso. Pero el sistema encuentra cada vez una manera de prolongar la agonía. Y ese alargamiento del sufrimiento tiene consecuencias profundas.
El problema para la sociedad cubana es que el desenlace sigue siendo incierto. Así, cada semana que pasa queda más claro que el costo humano de esa resistencia interminable es inmenso y probablemente dejará heridas profundas durante años, incluso después de que llegue el cambio que tanto se espera.

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