Vicente Aleixandre, dulce y silenciado
ANTONIO LUCAS
15 DIC. 2017 03:00
Dos nuevos libros celebran el eco
dulcemente silenciado de Vicente Aleixandre. Uno lo ha escrito con audacia y
necesidad Fernando Delgado, Mirador de Velintonia (Fundación
Fernando Lara), donde repasa el hermoso fervor de amigos que se convocaron
alrededor del poeta en sus varias décadas de exilio interior, con sede en la
casa familiar de la calle Velintonia. El otro, Poesía
completa (Lumen), recupera la escritura en verso del Nobel y
suma seis poemas inéditos de los días de la guerra.
Volver a Aleixandre, de donde algunos no
hemos marchado, resulta algo más que un ejercicio de memoria: la certeza de estar ante uno de los poetas que anudan la poesía
española de la primera mitad del siglo XX sin salir del abrigo de las babuchas.
Casi no salió de casa en media vida por una tuberculosis nefrítica. Escribió,
leyó, recibió y amó con una mantita sobre las rodillas y el perro Sirio tumbado
a sus pies de andar poco.
En la escritura de Aleixandre (y eso no
sucede tantas veces) también se congregaban los amigos. La fuerza de su irracionalismo lírico tuvo para muchos
poetas distintos algo de flor tocaya.
Como sucede con tantos creadores que el
tiempo licúa, Vicente Aleixandre está por regresar.
Está por esperarnos. Está por levantar de nuevo el vuelo de su poesía, que casi
vive en un estado de inocencia siendo espejo en llamas de quien se asoma.
En Aleixandre, como en todos los poetas
que lanzan las palabras más lejos que la vida, nos e admite de antemano que las
cosas son como son. El viaje es el opuesto: concretar lo inconcreto de lo que
no se ve en aquello que estamos mirando. O sintiendo. O doliendo. O gozando. En
Aleixandre hay una mirada estética desprovista de prejuicio. No describe la
tempestad, sino que por dentro del pecho la desata. Esa es la meta o condición
de la poesía. Creó un mundo a medida de todos, dándole a las palabras un vuelo
más alto. Desde la juventud a los últimos poemas de consumación: "Vive,
vive como el mismo rumor de que has nacido".
Es exactamente una
emoción navegable la que recorre su obra, que suena incesante y sin
prisa. Una luz que insiste sujetando el dolor (y el amor) con una mano y
escribiendo con la otra. Y aun así, el silencio acompaña a Vicente Aleixandre,
que poco a poco vuelve a ser más embriaguez y menos vino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario